Experiencias motivadoras
Una técnica para aprender ruso
Una original y entretenida descripción de cómo una estudiante adulta combina su vida cotidiana con sus aficiones. Un buen ejemplo de constancia y creatividad, nacidas del inquebrantable deseo de aprender.
Mi día a día consistía en ocuparme del cuidado de la granja y de mi familia. Tengo seis hijos y estoy embarazada del séptimo.
Mis centros de interés siempre han sido el arte, la diversidad cultural y la doma de caballos. Un día me compré un caballo árabe purasangre de origen ruso y su perfección me cautivó de tal manera que sentí el deseo de aprender todo sobre los caballos árabes.
Cuando me eligieron miembro del comité de la Asociación de caballos árabes de Finlandia, comencé a soñar la posibilidad de traer un purasangre de Rusia. En la escuela había estudiado inglés, sueco y alemán, pero jamás había aprendido una sola palabra de ruso.
Vivo en un pequeño pueblo en el que aprender lenguas es algo poco habitual y no precisamente fácil. Pese a ello, lo cierto es que un familiar mío había estudiado ruso en el Instituto de Educación para Adultos, y él me animó a apuntarme. Los comienzos fueron duros para mí: aprendimos el alfabeto sin problemas, pero la estructura del ruso me parecía ciertamente complicada y diferente al resto de lenguas que ya conocía, lo cual no suponía ayuda alguna. Fuera como fuera, estaba decidida a aprender ruso. Para ello, y entre otras cosas, escribía palabras rusas en la pizarra del establo y el nombre de cada vaca lo escribía con caracteres del alfabeto cirílico; además, cada día saludaba a las vacas y me despedía de ellas en ruso.
Me apunte a ruso, pero el alto nivel académico del grupo me hizo sentirme un poco fuera de lugar en las clases. A menudo no tenía tiempo suficiente para hacer los deberes e incluso me veía obligada a faltar a clase… cuando no era por la enfermedad de alguno de mis hijos o de algún animal de la granja, era por la avería inoportuna de la maquinaria justo cuando tenía que asistir a clase. Todo ello me llevó a cuestionarme si era razonable continuar con este capricho.
Enseguida me di cuenta de que el problema no residía tanto en mis circunstancias personales como en mis hábitos: no pudiendo disponer de más tiempo libre, la solución pasaba por organizarme mejor. Mi nuevo plan podría llamarse "ruso en cualquier lugar y en cualquier momento". Y ¡realmente funcionó! Deje los libros encima de la mesa permanentemente para que estuvieran a mano en cuanto yo tuviera un hueco. Cuando llevaba a mis hijos a sus actividades, el libro iba en mi bolso y entonces aprovechaba para leer. Si íbamos a la playa, mi disfrute se repartía entre el sol, las consultas al diccionario y la lectura de una novela en ruso. Mi vocabulario se enriqueció de tal manera que ya nunca volví a sentirme acomplejada en las clases.
Me interesa enormemente toda la cultura rusa: intento preparar recetas rusas; veo los programas de la televisión rusa; sigo todas las noticias y leo cualquier artículo sobre la Rusia actual. Un día decidí comprar revistas sobre los caballos rusos y ¡cuál fue mi sorpresa al comprobar que entendía todo!
En estos momentos estoy de baja ante mi nuevo e inminente parto, y junto con el cepillo de dientes ya he metido en la maleta que me llevaré al hospital una novela rusa y el libro de gramática. Solo intento hacer realidad mis sueños, paso a paso, con humildad y constancia.
Esta historia reúne numerosas ideas sobre cómo intentar superar los obstáculos a la hora de aprender una lengua. ¿Desearía leer algún otro consejo sobre cómo hacer si apenas dispone de tiempo? Ella compagina aprendizaje y acción… ¿Se identifica usted con este estilo de aprendizaje?
